Manuel Antonio es el parque nacional más visitado de Costa Rica y también uno de los más pequeños: apenas unas dos mil hectáreas terrestres. Su atractivo es una combinación poco frecuente — selva primaria que llega literalmente hasta la arena, playas de aguas tranquilas y una densidad de fauna que permite ver monos, perezosos e iguanas en una mañana sin esfuerzo.
Reservar antes de ir
Esto es lo primero que hay que saber: la entrada se compra por internet y con antelación, con cupo diario limitado, y el parque cierra los lunes. No se venden entradas en la puerta. Cada temporada cambian los detalles del sistema, así que conviene comprobarlo el mismo mes del viaje. Sin reserva, no se entra, y muchos visitantes se enteran demasiado tarde.
Los senderos y las playas
El sendero principal, ancho y llano, recorre poco más de un kilómetro desde la entrada hasta Playa Espadilla Sur y Playa Manuel Antonio, separadas por un istmo de arena llamado tómbolo. La segunda es la mejor para nadar: una bahía protegida, con poco oleaje y aguas transparentes.
Desde allí sale el sendero Punta Catedral, un bucle de unos cuarenta minutos que sube por lo que fue una isla y hoy está unida a tierra, con miradores sobre el Pacífico. Es la parte más tranquila del parque, porque casi todo el mundo se queda en la playa.
La fauna
Se ven con facilidad monos capuchinos y monos aulladores, y con más suerte el mono tití, endémico de esta costa y en peligro. Los perezosos de dos y tres dedos están casi siempre allí, aunque cuesta localizarlos sin ayuda: contratar un guía con telescopio en la entrada cambia por completo lo que se ve, y no es caro compartido entre varios.
Una advertencia seria: no dé comida a los monos ni a los mapaches, y no deje mochilas ni bolsas sin vigilancia en la playa. Los capuchinos abren cremalleras con soltura y roban comida de forma sistemática. Alimentarlos les provoca problemas digestivos y agresividad.
Cuándo ir y dónde dormir
Vaya a primera hora, cuando abre: hay menos gente y los animales están activos. A mediodía el calor aprieta y la fauna se esconde. La temporada seca, de diciembre a abril, es la más concurrida; en septiembre y octubre llueve por la tarde pero la mañana suele estar despejada y el parque está casi vacío.
El pueblo de Quepos y la carretera que sube al parque concentran el alojamiento, en todos los rangos de precio. La carretera tiene además varios miradores desde los que se ve la costa entera.